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¿Determinismo,
Azar o Probabilidad?*
Mario E. Flores de la Cruz1
La
totalidad de los eventos está determinada
por las leyes de la probabilidad; para un estado
en el espacio corresponde una probabilidad.
MAX BORN, 1954.
I
Imaginemos el primer momento
en la creación del universo:
el todo, y a la vez la nada se encontraban allí: luz, polvo,
piedras cósmicas, planetas y galaxias comenzaron a representar
sus papeles en un tiempo y un espacio. Las leyes de la naturaleza
dormían aún, esperando que alguien las despertara de
su sueño para conocerlas. Millones de años después
el hombre surgía, y en su sed de conocimiento sobre los fenómenos
que presenciaba, comenzaría a especular sobre las posibles
respuestas. Conforme los siglos transcurrieron, los seres humanos
se dieron cuenta que cada vez eran mayores las preguntas que las
explicaciones que encontrarían.
No quedaba más que empezar la tarea de teorización.
Tiempo después, estas observaciones arrojaban interrogantes: ¿realmente
son leyes las que rigen el Universo?, ¿quién las elaboró?, ¿el
hombre forma parte de ellas? Y, si esto es así, ¿todas
sus acciones están determinadas o hay un margen para el azar
y libre albedrío? El científico no guardaría
silencio al respecto y elaboraría un razonamiento más
ambicioso: el puente de la medición y la probabilidad era
el camino obligatorio para conocer todos los espacios de la naturaleza.
Este ensayo es un intento por explicar el surgimiento de tales ideas
y responder a la pregunta: ¿El universo está sujeto
a leyes?, ¿es parte de la contingencia o es susceptible de
cálculos entre un determinismo y el azar, ubicado en las fronteras
de la probabilidad?

II
Desde el nacimiento del
universo hasta nuestros días han
pasado cerca de 20 000 millones de años. El hombre científico
inició la especulación filosófica para conocer
los orígenes y elementos constitutivos de la naturaleza; aire,
tierra, agua y fuego fueron las respuestas iniciales. A éstas
vinieron después conceptos más abstractos: el número
y hasta el llamado hapeyrón serían parte de esa explicación,
que, dicho sea de paso, tenía por meta ser lo más racional
posible. El objetivo era sencillo, pero ambicioso a la vez: se necesitaba
encontrar los principios universales, y un sinnúmero de ideas
e imágenes sobre éstos intentaron responder por qué,
cómo y para qué fue creado el mundo.
A pesar de no contar con
respuestas convincentes, las suposiciones de los primeros filósofos-científicos, si algo tenían
claro, era que la naturaleza estaba dotada de una armonía
interna y, lo que es más, que era una estructura organizada.
Estas ideas fueron el primer eslabón en la cadena de investigaciones
sobre el Universo, y, de hecho, forman la base de una actitud filosófica
que dotó de sentido a las ciencias naturales. Seguramente,
la pregunta lanzada a este respecto fue sobre la existencia de objetos
independientes al observador.
La disyuntiva fue: negar
o afirmarla. Aquí encontramos el
tan famoso problema de la objetividad de la ciencia. Si respondemos
que así es, tal afirmación nos llevará al siguiente
planteamiento: hay leyes naturales que se refieren a los objetos
que existen en el mundo entero. Ese fue el camino a seguir durante
varios siglos: el conocimiento sobre tales objetos permitiría
de forma creciente llegar a una explicación sobre todo lo
existente.
El proceso requeriría del esfuerzo de un buen número
de personajes, cuyas contribuciones permitieron ascender algunos
peldaños en la escalera del conocimiento.La duda era: ¿cuán
grande era ésta?
La tradición occidental tuvo un proceso peculiar en el proceso
del conocimiento del mundo, y creemos que atender lo básico
para comprender la pertinencia de conceptos como determinismo, azar
y probabilidad. Retornando a las preguntas sobre la naturaleza del
universo, el desarrollo del pensamiento heredaría una idea
complementaria de la escolástica: existía un principio
original de dicho universo, que con su dedo divino había escrito
en la naturaleza los signos para comprenderlo. No nos interesa estudiar
aquí la concepción medieval del conocimiento de la
Scientia; lo que es interesante rescatar es que un ejército
de alquimistas, astrólogos, mineros y médicos se dieron
a la tarea de leer estos signos. Así, se conformó el
hermetismo y, con él, la lectura de la naturaleza para entender
los principios de ese “Autor del Universo”.
Si recordamos que la Scientia,
la “buena ciencia” de la Alta Edad Media se basaba en el conocimiento
demostrativo de los efectos a
partir de las primeras causas, fueron entonces las nuevas ciencias
inductivas las que partieron de experimentos para encontrar dichas
causas y apoyar así las formulaciones de las hipótesis
que previamente elaboraban sobre un fenómeno. No es raro que
en este periodo se hiciera uso de análisis, pruebas, ensayos
y diagnósticos para determinar la causa y el efecto de un
objeto a conocer, como por ejemplo una enfermedad. Fue concretamente
en el Renacimiento que dicho paradigma permitió hacer uso
de pruebas y evidencias, pequeñas y precisas, para llegar
a la comprensión de algo “grande”, de algo “externo”: la generalización,
o la expresión de una ley de la naturaleza.

La metáfora del “Autor del Universo”, como es lógico
suponer, fue perdiendo peso a la luz del avance de la razón
humana, pero el principio esencial no decayó, y ya que el
conocimiento se escribía en ese gran libro del universo, científicos
como Galileo buscaron comprender el lenguaje con que estaba escrito.
Este lenguaje fue el de las matemáticas.
Los ejemplos astronómicos y geométricos demostraron
que era posible llegar al descubrimiento de las verdades ocultas.
La revolución científica asomaba su cabeza a través
de obras como las de Bacon, Leibniz, Newton, Copérnico, Galileo,
Kepler, Tycho Brahe, Torricelli y Boyle. Ellos fueron tan sólo
algunos de los autores de estudios que hoy día siguen maravillando
a los hombres de ciencia. Ante sus descubrimientos, era necesario
encontrar los primeros principios, ya fuera de los cuerpos, movimiento,
vacío, las formas sustanciales, el origen de las ideas, y,
finalmente, la naturaleza del mundo y hasta del alma humana. Ya no
existían límites: el hombre estaba en el umbral de
la descripción del sistema físico. Las leyes de la
naturaleza adquirieron una forma matemática explícita,
y, así, la relación entre los conceptos de la teoría
y los elementos de la realidad física permitían avanzar
en el conocimiento del sistema al que pertenecían. De esta
manera, para todo hecho o evento que ocurriese en la naturaleza fue
posible establecerle una causa que lo producía. Si estas causas
los provocaban con la misma regularidad, entonces era correcto hablar
de una ley, la ley de la naturaleza que determinaba tal o cual acontecimiento:
la caída de un rayo, el movimiento de los astros, la gravedad,
la emisión de luz. Y ya que el mundo era reductible al conocimiento
científico, la pregunta obligada era: ¿el hombre formaba
parte de estas leyes universales?
II
Las observaciones ante
los fenómenos humanos no se hicieron
esperar. Desde el siglo XVIII comenzó el alud de números
impresos en relación con el hombre: tablas de natalidad y
mortalidad registraron la llamada “distribución normal” de
un pueblo: cuantificaciones relacionadas con los individuos que nacían,
morían o a qué sexo pertenecían. En sus primeros
momentos, filósofos y aritméticos políticos
observaron los resultados arrojados por los recuentos masivos. No
cabía duda: los nacimientos o defunciones mostraban una relación
que no podía sino ser producto del mismo orden natural al
que pertenecían los hechos físicos. La proporción
entre los sexos dependía de ese orden que había sido
determinado, y, por tanto, también existía una ley
que era aplicable al hombre. Los actos humanos estaban determinados.
La observación fue más allá. Un siglo más
tarde, gracias a las estadísticas, nuevos indicios hicieron
su aparición: las tablas secuenciales arrojaban información
sobre la regularidad con que se registraban crímenes o enfermedades.
Indudablemente, estos eran fenómenos sociales, y ya no quedaba
lugar a dudas: las regularidades eran una mera expresión de
las leyes de la naturaleza a las que estaban supeditadas. Ello implicaba
que en una población existía un “hombre tipo”, pero,
lejos de él, también se hacían presentes los
“desviados de la norma”: criminales, alcohólicos, prostitutas
y mendigos eran parte de los designios de la naturaleza. El propósito
era mejorar esta población, pero ¿cómo hacerlo
si ya se había establecido en un plano superior? El orden
universal ya lo había destinado así. Un buen número
de Estados contaba con los índices de estas desviaciones,
y no se dudaba ya que, si las desviaciones se presentaban, era porque
las primeras causas así lo establecían. ¿Cómo
enfrentar esos designios entonces?, ¿controlando a la sociedad
o resignándose a un determinismo? En este momento quisiera
hacer un señalamiento que puede ser muy instructivo.
El comportamiento de una
sociedad es completamente diferente al de los átomos o moléculas del mundo físico.
En el esquema de clasificación que hemos referido, sin duda
parecerá evidente el esfuerzo por reconocer a una población
como típica o atípica. Es obvio que lo atípico
se ligaba al concepto de lo anormal o lo patológico, por lo
que cualquier individuo se sentiría más replegado a
inclinarse a las fronteras de la normalidad. La solución a
este problema viene a continuación: las leyes de la naturaleza
se refieren a sistemas físicos, no al comportamiento humano;
fue la idea contraria la que provocó una serie de actitudes
en el siglo XIX respecto a la sociedad que, en el mejor de los casos,
se tradujo en la susceptibilidad de control y perfeccionamiento.
La eugenesia, por ejemplo, fue tan sólo una de las disciplinas
que respondió a las necesidades planteadas en tal contexto.
Sin embargo, una nueva revolución estaba afectando también
los principios de la ciencia natural. La mecánica clásica,
se había establecido firmemente en el siglo XVII. Para el
siglo XIX, es lógico suponer que llegó a considerársele
una teoría que explicaba todos los fenómenos naturales.
No se dudaba de eso hasta finales de dicho periodo. La física
decimonónica describía el mundo externo a escalas macroscópicas
—aquel mundo que podía verse—. El científico clásico
encontraba, medía y consideraba al mundo tal como era. De
acuerdo con sus preceptos, la posición y el movimiento —por
citar un ejemplo— eran perfectamente determinados, debido en gran
parte al sistema de medición que se empleaba. La cuestión
a discutir aquí era hasta qué punto esta era correcta.
Si en toda medición existía un margen de error, había
fenómenos que escapaban a su precisión. Los elementos
microscópicos, entonces, eran los que no se encontraban sujetos
a la determinación de la mecánica clásica. Fue
este punto el que comenzó a resquebrajar el determinismo clásico.
Ante este problema, surgían dos preguntas imperativas: ¿la
incapacidad del hombre en la medición natural implicaba la
ausencia de un determinismo?, y ¿esta ausencia condenaba entonces
a la propia ciencia a un mundo donde el caos y la contingencia reinaban?
III
Si en un pasado el azar
fue mirado con desprecio, a partir de los inicios del siglo XX
fue visto de manera diferente. Dado que caía
sobre éste el estigma de lo irracional y la carencia de un
orden, no es difícil entender por qué la erosión
del determinismo clásico era vista con un gran escepticismo.
La discontinuidad en la medición es lo que realmente llevó a
pensar a diversos investigadores si el mundo en que habitamos no
dependía de algún orden. Algunos de ellos anunciaron
al azar como la más absoluta de las percepciones intelectuales.
Otros, más moderados, trataron de estudiar los fenómenos
susceptibles de medición, es decir, los sistemas experimentales,
para interpretar la naturaleza de la realidad física. La mecánica
cuántica había surgido entonces para describir ese
mundo microscópico.
En el siglo XIX quedó demostrada la ondulatoriedad de la
luz; poco más tarde, la interrelación entre electricidad
y magnetismo fue descubierta; así, el carácter dual
de la luz como onda y como partícula inspiró los trabajos
en las partículas que seguirían ese patrón de
comportarniento —los electrones y fotones, por ejemplo—. Más
tarde, los experimentos demostraron que en estos elementos microscópicos
era posible realizar secuencias de mediciones, aunque no arrojaban
resultados continuos. Según los principios de la mecánica
cuántica, toda descripción del mundo no es objetiva
ni determinista —la negación en la respuesta al problema de
la objetividad en la ciencia al que aludíamos líneas
arriba—. De acuerdo con estos principios, si se conoce la posición
de un electrón con exactitud se desconocerá su posición,
o viceversa: si el momento es conocido, la posición resultará completamente
desconocida. La teoría cuántica juega un poco con los
conceptos de espacio y tiempo, pero añade una solución
peculiar a este problema: la medición es de gran ayuda al
científico. Dada una gran cantidad de mediciones, será posible
calcular la probabilidad de encontrar un electrón en determinada
posición, de acuerdo con un momento específico. No
señala la posición exacta, mas si la probabilidad de
hallarlo en ésta.

Si consideramos que las
partículas y las regiones internas
de los átomos —como los quarks y los gluones— son parte de
estructuras más complejas y, por ende, de los fenómenos
universales, estas partículas forman parte de las propiedades
de la naturaleza. Debemos indicar que como elementos dinámicos,
su estudio requiere la existencia de un marco de leyes probabilísticas,
en las que su comportamiento sea susceptible de representación.
Ese marco lo proporciona
la mecánica cuántica. Curiosamente,
el sueño laplaciano del sometimiento de los fenómenos
de la naturaleza a las leyes universales, enunciado tiempo atrás,
se convertía en una quimera. En su lugar, quedaba establecida
la nueva cuántica: la totalidad de los eventos está determinada
por las leyes de la probabilidad, de las que para un estado en el
espacio corresponde una de estas probabilidades. ¿Implica
este principio que nuestro conocimiento sobre el mundo es probabilístico?
La respuesta parece ser un rotundo sí. Este no es espacio
para reseñar la historia de los descubrimientos de la mecánica
cuántica. Fascinante es entrar en su estudio, y para ello
no queda otro camino que descubrirlo por cuenta propia.
Quisiera únicamente señalar que los físicos
hicieron aplicaciones de su teoría a los fenómenos
naturales; así, se desprendió la teoría de los
sólidos, líquidos y gases. Las investigaciones llegaron
a inundar campos como la electrodinámica y crearon la teoría
nuclear, la teoría de conducción eléctrica en
los semiconductores y la química moderna, así como
la descripción de procesos orgánicos y de combustión2.
Concebida de esta manera, la mecánica cuántica, como
se puede observar, ha tenido una gran influencia en nuestra concepción
de la naturaleza, y de sus propias leyes, si es que éstas
existen. Aquí es donde las probabilidades parecen ayudarnos
a conocer nuestro universo. IV La pregunta: ¿existen leyes
del azar?, que parecía surgir frente a la caída del
determinismo, fue respondida por los planteamientos de la mecánica
cuántica. Son leyes probabilísticas las que determinan
nuestro conocimiento de los elementos constitutivos del universo.
El azar ha sido asociado
a los fenómenos que no tienen ley,
fenómenos cuyas causas son en extremo complejas para nuestro
entendimiento y, por otra parte, gracias a las discusiones de la
mecánica cuántica que individuos como Heisenberg y
Böhr defendían frente a hombres de la talla de Einstein,
Podolsky o Rosen, se llegó a ver a la probabilidad como algo
objetivo, frente a una física objetivamente indeterminista.
Para fortuna nuestra, los matemáticos, desde la época
de Pascal, Galileo, Huygens y otros pensadores, establecieron el
cálculo de probabilidades, cuya función principal es
deducir fenómenos complejos en función de probabilidades
conocidas de fenómenos más sencillos. En un inicio,
esta actividad surgió como respuesta a los problemas planteados
por los juegos de azar, y, si bien en un principio se dieron soluciones
a las que se llegaba a través de razonamientos de simetría,
combinación o permutación de los mecanismos a computar,
conforme este pensamiento se desarrolló elaboró situaciones
más complejas de análisis. Con el correr de los años,
la probabilidad iría más allá y encontraría
aplicación a problemas prácticos, como el cálculo
de rentas vitalicias y loterías. Estas operaciones se enriquecerían
al por mayor al nutrirse con los datos que la estadística
hizo posible conocer.

Gracias a esa cuantificación, se pudo analizar y calcular
las probabilidades de eventos dentro de una serie numérica,
en la que el único evento determinado es la existencia de
una frecuencia media. La Ley de los grandes números de Poisson
se convirtió así en un legado que la mecánica
cuántica adoptó para hacer comprensibles las “leyes
naturales”. Quizás éste no sea el lugar más
pertinente para señalarlo, pero creemos necesario indicar
que la probabilidad se descompone en dos aspectos: la tendencia a
producir frecuencias, y el epistemológico. Toda vez que se
ha obtenido un número importante de mediciones sobre fenómenos,
es posible encontrar una correlación entre sus datos que nos
lleva a realizar predicciones sobre la aparición de eventos
en razón de la frecuencia registrada. Estas predicciones,
invariablemente, supondrán grados de certeza en el conocimiento
de ese fenómeno. Ahora, apliquemos estos planteamientos al
mundo físico, al compuesto por moléculas, átomos
y partículas elementales, y entenderemos el mecanismo que
hace girar los engranes de la teoría de la probabilidad en
relación con la comprensión de nuestro universo.
Parece ser que las probabilidades
pueden proporcionar la explicación
a las leyes cuánticas del universo. Y ya que señalábamos
líneas arriba el cambio de paradigma que ha surgido con la
mecánica cuántica en cuanto a nuestra percepción
de una naturaleza indeterminista, justo es señalar que, en
relación con el hombre, el cálculo de probabilidades
está presente en todos los niveles de su existencia, y ha
seducido también al cálculo de eventos vinculados a él.
Nuestra vida misma depende de las probabilidades: la posibilidad
de salir a la calle y ser sorprendido por una lluvia, una nevada
o hasta por un malhechor. Encontrar a algún conocido en un
parque, un centro comercial o como compañero en un viaje.
Probabilidad de contagiarnos de alguna enfermedad, sufrir un accidente
o comprar un billete de lotería y resultar ser el afortunado
ganador.
Tal vez no seamos conscientes
de que la mayor parte de los fenómenos
que nos rodean forman parte de ese mundo del azar, y que la probabilidad
es tan sólo la expresión de ese universo, sea cuántico
o social, hablando groseramente, si se me permite. Tal vez dentro
de toda esta contingencia efectivamente exista un orden muy claro;
puede ser que la probabilidad sea la regla que asegure nuestro conocimiento
del universo, o, viendo a futuro, podemos encontrar también
una teoría que dote de sentido a todas nuestras interrogantes,
pues en este mundo de azar y probabilidad todo es posible.
*
Segundo lugar al IV Premio al Estudiante Universitario ”Francisco
Díaz Covarrubias”, categoría ensayo científico.
1 Octavo semestre de la Facultad de Historia, Universidad Veracruzana.
2
Su alcance ha ido más allá del mundo natural y ha
llegado a campos que prácticamente han cambiado la sociedad
en que vivimos: cibernética, biología molecular, química
cuántica, biología genética, biotecnología,
etc., son sólo algunas de las áreas que se han desarrollado
en las últimas décadas.
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