RESEÑA: CHAC-MOOL. Fuentes, sus fuentes y el otro.
por: Rafael Toríz

Reseña literaria
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"Somos otros, otros por definición."
Carlos Fuentes, La región más transparente.


Nuestro pueblo es un pueblo de piedra viva, de monolitos atemporales y eternidades imperecederas, de pirámides de sangre y memorias de barro que se preservan en el latido del tiempo. Somos una tierra de dioses que no mueren, o más bien de dioses que como el fénix resurgen de sus cenizas, luego no existimos: "Dios no existe, es eterno" Kierkegaard dixit.

Seguimos buscando el hogar prometido por Huitzilopochtli, y en el inter estamos a medio camino entre Aztlán y el México asfixiante, posmoderno, lacerante, bullicioso y agonizante que no ha vuelto a ver el esplendor urbanístico que un día ostentó el imperio, las ciudades de ahora obedecen a la planificación económica, no más monumentos ni simbologías. El éxodo no termina, se ha perdido la brújula, nos hemos ensimismado en nosotros mismos o hemos abandonado el barco en busca de nuevos dioses, de geografías alternas pero tangibles. Ya no se indaga dentro de nuestro territorio, ahora se mira allende el norte.

Carlos Fuentes es un cronista de la devastación, del México fantasmal (precolombino) que se cuela en nuestro México imaginario. No deja de hurgar en el pasado y su ocaso para recordarnos que la muerte que ahora vivimos no es el final, sino que es un ciclo más que alimentará con su sangre la carne de mañana. Los cinco soles de México se resisten a desaparecer, se repiten mecánicamente, es el destino, ser eternos, por lo menos en el verbo.

A lo largo de su obra Fuentes ha bebido de la cosmovisión indígena y la ha adherido al mundo moderno, recordándole de dónde viene y a dónde va. La pregunta del quién soy ha decidido lidiar con la mano de Octavio Paz, y las raíces del México profundo las ha desenterrado Bonfil Batalla.

En este breve ensayo-reseña se pretenderá distinguir el leitmotiv dentro de su cuento Chac Mool: las reminiscencias prehispánicas y el pasado indígena; pulsiones constantes en el trabajo del escritor. Conscientes estamos que intentar aprehender las fuentes del discurso literario de Fuentes es una tarea titánica, ya que independientemente de la vastedad de su obra y de la densidad de sus historias, determinar las ideas o mociones de un autor tan prolífico es adentrarse dentro de un maremágnum que no admite clasificación. Por tal razón sólo me atreveré a esbozar ideas y sugerir motivos. Impulsos esenciales e innegables que nos permiten comprender el mundo representando y ficticio del autor.

Fuentes no olvida, o al menos pretende no hacerlo, construye amalgamas que nos intuyen y justifican. Pensemos en el difuminado y nebuloso personaje Ixca Cienfuegos de La región más transparente, o en el Cristóbal Nonato, o en el misticismo de Aura o en La muerte de Artemio Cruz. En todos lados el escritor recurre a su herencia, aunque francamente en algunas ocasiones sus radiografías sociales parezcan más una especie de turismo sociológico o análisis de vitrina (Agua Quemada, Los años con Laura Díaz, Cambio de piel y La misma Región…). Sin embargo, la calidad de sus obras como su alta cota literaria es indiscutible; considero que tanto Cantar de ciegos como Los días enmascarados son libros excelentes. Sobre este último, o mejor dicho, sobre el cuento del Chac Mool, versa este opúsculo.

Al principio de este ensayo dije que el pueblo nuestro era un pueblo de piedra, de fósiles, un lugar donde el pasado no respeta el presente, terreno sacrílego en donde conviven los muertos con los vivos, y no tan sólo los de Rulfo, sino también los propios, los nuestros, con todos sus nombres. Seguimos comiendo en los panteones y rezando letanías, próximos a la muerte, pero sólo de dientes para fuera, "El mexicano se ríe de la muerte", terrible lugar común que demuestra la estulticia imbuida en el imaginario colectivo por los axiomas escatológicos generalmente televisivos. Aquí no se ríe de la muerte, sólo se juega con su nombre.

Estamos acostumbrados a lo imperecedero, a santos mediáticos y pretéritos imperfectos. Recordemos por ejemplo al arcaico y emblemático líder, no del todo extinto, de la CTM Fidel Velásquez, fósil astuto, pedrusco animado; ejemplo ineluctable de la infinitud y el enquiste, un ser que en los últimos años de su vida parecía encontrarse en un estado profundo -soporífero- de meditación, una especie de limbo que le otorgaba una halo de religiosidad y sorna entre cabezazos de dormido. Era una presencia taciturna que reforzaba no tan sólo el poder despótico del PRI-gobierno, sino que mantenía en vigencia la monarquía geriátrica encargada de "la ley y el orden" en los procesos electorales del país. La güera Rodríguez Alcaine es uno de los vestigios de esta prehistórica casta.

Parecido es este ejemplo al del Chac Mool, un ídolo vetusto, añejo, un bloque viviente.

El cuento relata la historia de Filiberto, un simple empleado burocrático que gusta de coleccionar "ciertas formas del arte indígena mexicano" y que se hace de una estatuilla del Chac Mool (1), deidad maya emparentada con el agua. La historia es contada a través de la lectura de su diario que realiza un amigo suyo, manera sutil y elegante a mi parecer de contar una historia, ya que consigue hacernos espectadores, no tan sólo de la vida del amigo de Filiberto y de Filiberto mismo, sino que nos permite "meternos" dentro de la historia, cosificándonos en un personaje más que lee el mismo diario, o mejor aún, volviéndonos de súbito el amigo de Filiberto. Una remarcable artimaña técnica y estilística.

Vamos siguiendo en el desarrollo de la historia la vida del personaje principal, de esta manera es que nos enteramos de los sueños truncos, las aspiraciones, la casa vieja, los viajes a Acapulco y otras minucias del insípido personaje adorador de estatuillas.

Paulatinamente van surgiendo los motivos indígenas. El primero de ellos es a través de Pepe, el amigo de Filiberto que gusta de teorizar, quien hace referencia a la dominación española y a la necesidad que tenemos de matar a los hombres parar creer en ellos.

Cito: "Un Dios al que no le basta que se sacrifiquen por él, sino que incluso va a que le arranquen el corazón, ¡caramba, jaque mate a Huitzilopochtli! El cristianismo, en su sentido cálido, sangriento, de sacrificio y liturgia se vuelve una prolongación natural y novedosa de la religión indígena" (Fuentes, 1982:13).

Más adelante el relato cuenta el miedo de Filiberto de ser fulminado por el Chac Mool, debido a que también lo proclama como Dios del rayo.

Esta tendencia se desborda del cuento y permanece a lo largo de los días enmascarados, que contiene inmersiones similares de la tradición indígena, como es el caso de Tlactocatzine, del jardín de Flandes, en donde el personaje es lentamente aprisionado por un espíritu autóctono que lo confina a una casa abandonada, o en Letanía de la orquídea, en donde recurre a motivos panameños posiblemente emparentados con tradiciones chorotegas, civilización centroamericana más antigua que la maya.

Como podemos ver, la obra de Fuentes es un mosaico sincrético en donde conviven el pasado y el presente, choque neblinoso que quema los silencios del ayer y los funde en el ahora, llenando huecos y escribiendo libros.

El cuento del Chac Mool es un manera de voltear los papeles, de reconocer al otro, el nuestro, de aceptar la negación del pasado que nos construye, ya que negando la realidad indígena es que se legitima nuestro mundo. El Chac Mool es la otredad, es la ataraxia exudada, la voz sorda del guijarro, canto que pide agua y sangre, roca que se humaniza porque quiere ser como nosotros, porque es como nosotros. “El primer hombre es aquel que no soy yo”, diría Husserl.

Filiberto sucumbe, es dominado, el Chac Mool desea su muerte y la consigue, atesorando el cadáver en el sótano. Brillante metáfora que nos obliga a preguntarnos sobre lo que hay en nuestro sótano, sobre los seres calcáreos que no se escuchan y que no pueden, como en el cuento, cobrar vida y humanizarse. Por eso el Chac Mool es doble, vida y muerte, carne y peña. Por eso las fuentes de Fuentes son argucias discretas contra el destino blasfemo que intentan, siquiera en la ficción, sacar al prisionero de la piedra.

(1) Chac Mool es el nombre maya del jaguar. Posteriormente, en 1874, se le dio impropiamente igual denominación a la escultura de un hombre semi-acostado boca arriba hallada en Chichén-Itza. Dicha figura tiene un receptáculo en el centro, motivo por el cual se cree que era una divinidad asociada con la lluvia y con los sacrificios humanos, ya que presumiblemente en dicho receptáculo se ofrendaban corazones.


Bibliografía:

Fuentes, Carlos. (1982) LOS DÍAS ENMASCARADOS. Era, México. 85pp.