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LA CERÁMICA DE OCCIDENTE
JALISCO, MICHOACÁN Y COLIMA
JALISCO
La cerámica del Estado de Jalisco se destaca por su variedad pero también por su excelente calidad, originalidad, decoración y su inspiración en la búsqueda de nuevas creaciones. En él se encuentran representadas desde las más modestas manifestaciones de la loza tradicional de uso cotidiano, hasta finas muestras de cerámica alta temperatura de las de mayor calidad en el país.
Tonalá es el más importante centro alfarero del Estado. Allí se trabaja el “barro de olor” que reciben ese nombre genérico porque el barro le transmite su aroma y sabor al líquido vital; son piezas diversas entre las que destacan los jarrones y jarras bruñidas para conservar el agua fresca. Una variante de esta producción se le conoce como “barro canelo”, piezas bruñidas con manteca, lo que les da una suavidad extraordinaria, y decoradas con pincel en tonos ocres y cafés como garrafones con su pocillo para el agua fresca, ollas con asas y tapa, y cántaros redondos. Las formas de la decoración son líneas horizontales de diferentes gruesos y tonos, así como sencillas y sobrias estilizaciones de hojas, helechos y ondulaciones.
Obras que entran al terreno de lo suntuario, aunque en alguna época probablemente fueron usadas como producto cotidiano, son las tinas para baño ricamente decoradas por dentro y por fuera con el tema recurrente del Santo Santiago montado en su corcel, santo patrono de la población, además de guías de helechos, flores, líneas gruesas y delgadas, águilas bicéfalas, pájaros, y escenas y paisajes del campo. A estas piezas de calidad artística de primer orden, se asocian otras de notable presencia: mosaicos, platones ovalados y redondos, tinas de fondo plano, vasijas ornamentales de una o dos bocas, etc., todas ellas finamente decoradas y bruñidas. Es una de las influencias hispánicas más acentuadas de la cerámica en México, tanto por sus formas, como por su decorado. Hemos de destacar el trabajo del ceramista Salvador Vázquez, probablemente el más fino decorador de cerámica tonalteca.
Para complementar la imagen de la cerámica bruñida ornamental de Tonalá, se pueden mencionar los animales hechos en molde con la misma técnica de decoración y bruñido, entre los que se destacan los gatos de influencia oriental, patos, peces, tucanes, búhos, gallinas y palomas. Otras piezas tradicionales del barro bruñido de Tonalá son las alcancías de carita, las cantimploras de dos bocas de tipo español, los platones y platos, todos bruñidos con rica decoración vegetal. Destaca el trabajo de la familia Jimón que desde hace varias generaciones ha conservado esta tradición.
La cerámica conocida como “barro bandera” se distingue por el engobe rojo y bruñido que sirve de fondo al decorado floral hecho con pincel. Los dibujos se perfilan con verde derivado del cobre y se rellenan con blanco de caolín, lo que nos brinda los tres colores de la bandera que le dan su nombre. En esta técnica, de menor producción pero de notable calidad, se destacan las jarras de forma romana con asa, cantimploras de dos bocas, bules de barro y garrafones de tipo antiguo con cuello largo y sin asa.
También se producen piezas decorativas de barro en negro bruñido, entre las que destacan jarras, floreros, platones y otros objetos, inclusive cráneos esgrafiados para la celebración de todos santos.
Respecto a la cerámica vidriada, encontramos una de las manifestaciones más importantes y finas de toda la alfarería en el país, se trata de la conocida como “petatillo”, que consiste en hacer una fina cuadrícula de color amarillo cremoso en el fondo de las piezas, que rodea la decoración principal de cada pieza pintada en negro y ocasionalmente en verde; mientras más cerrado es el trazo del petatillo, más fina es la pieza. Con esta técnica se elaboran los famosos jarros chocolateros, muy altos, así como platones, inclusive vajillas, con decoraciones de animales –leones, gacelas y aves-, plantas y figuras humanas, que alcanzan los precios más altos dentro de las alternativas de cerámica mexicana. Dos de los pilares de este arte fueron el ya desaparecido Pedro Chávez y José Bernabé, quien todavía con su familia sigue produciendo en buena cantidad.
También de barro vidriado se elaboran los famosos “nidos” de cazuelas, que van una dentro de otra desde las de uso normal en la cocina hasta las miniaturas. La juguetería de Tonalá es muy importante, ya que ahí se producen las famosas alcancías con forma de cochinito en barro policromado y barnizado con esmaltes industriales. También hay artesanos que dedican su producción a reproducir las piezas de barro bruñido, canelo y bandera en miniatura, que complementan el panorama juguetero de barro en esa población.
En Tonalá vive Jorge Wilmot, Premio Nacional de Ciencias y Artes, ceramista creativo e históricamente reconocido como el hombre que revolucionó desde hace unos cuarenta años la cerámica tonalteca en su taller de cerámica de alta temperatura, aplicando las técnicas habituales sobre pastas cerámicas de gran resistencia, pero respetando los diseños de soles y aves, águilas, leones y flores, de la cerámica tradicional de la comunidad. El resultado fue una gran escuela que sobrevive hasta la fecha con numerosos talleres que preservan el gris verdoso de los fondos y el punteado de Wilmot, con decoraciones de águilas bicéfalas, leones y soles abigarrados.
Otro notable artista de la misma generación es Ken Edwards, quien desarrolló su propio estilo de alta temperatura con grises azulados y delicadas decoraciones con exóticas aves de influencia oriental. Ambos talleres y sus seguidores elaboran vajillas, jarrones, floreros, piezas ornamentales, como peces, desde miniaturas hasta esculturas de 50 centímetros. Se pueden mencionar otros importantes talleres de alta temperatura como el de Netzi, cuyas vajillas tienen un esmalte gris en los interiores y un acabado amarillo texturizado en los exteriores, denominado de “corcho” por su semejanza con este material; o el de Noé Suro con un decorado de burbujas en azul cobalto de estilo modernista.
Salatitlán, El Rosario y Tateposco son otras dos poblaciones alfareras cercanas a Tonalá. En la primera se hacen silbatos de barro con moldes de estilos antiguo de figuras humanas y zoomorfas; en la segunda se reproduce el “barro canelo” pero en juguetería de miniatura, así como una loza bruñida de servicio doméstico. En la tercera se producen ollas y cántaros de buena dimensión poro carentes de decoración. En Encarnación de Díaz se produce loza vidriada y decorada de tipo tradicional para uso doméstico.
Santa Cruz de las Huertas es una población cercana a la capital del Estado, famosa por su juguetería. Allí se producen los puerquitos negros para alcancía, así como diversas versiones de cirqueros y maromeros y silbatos de barro “betus” policromado que se venden por docena. En esa comunidad vivió Candelario Medrano, artista que dejó escuela entre los artesanos de la comunidad, con piezas más grandes que los juguetes, modeladas a mano y policromadas. Eran figuras fantasmagóricas con motivos diversos: leones con caras de sol, lechuzas, gallos y construcciones como iglesias, kioscos y Arcas de Noé. Adicionalmente se le atribuye toda una tendencia dedicada a la elaboración de máscaras de barro para la danza de los “Tastoanes” de la misma comunidad.
Tlaquepaque es el otro centro productor de los dos más importantes del Estado. En él se conserva una de las más bellas tradiciones en la escultura popular mexicana, se trata de los “tipos populares” elaborados en barro y que miden entre diez y veinticinco centímetros. Figuras humanas representando a campesinos, jinetes, vendedoras de frutas, lecheros, pescadores, borrachitos, niños jugando, inclusive algunos duendes sin faltar los personajes para Nacimientos.
Se tienen moldes para las cabezas, pies y manos, y se modelan a mano los cuerpos y detalles finos de la obra, antiguamente se policromaban con anilinas y se barnizaban con aguacola pero en la actualidad se hace con acrílicos industriales. Lo significativo de estas piezas es que conservan un profundo sabor mexicano de las esculturillas costumbristas del siglo XIX.
Son de destacarse también las colecciones de esculturas de cuerpo completo y bustos de todos los presidentes de México, que van aumentando cada vez que surge uno nuevo; estas piezas miden doce centímetros aproximadamente.
Si bien la familia Panduro es la más famosa de las productoras de los tipos populares -toda vez que conservan finos moldes del siglo XIX-, hay decenas de familias más que compiten por darle a este arte una secuencia histórica inagotable.
Otras esculturas de barro en miniatura son elaboradas en Tlaquepaque por la familia Carranza, con una técnica sencilla que tiene un alma de alambre, prodigiosamente cubierta por pequeñas bolitas de barro y decoradas antiguamente con anilinas y hoy con acrílicos industriales. Los temas son las fiestas populares como las corridas de toros y los jaripeos o charreadas del mismo pueblo, así como hermosos Nacimientos.
MICHOACÁN
La importancia del panorama alfarero de Michoacán reside en la variedad de los materiales, las técnicas, las formas y usos de la producción. Es muy probable que tal riqueza se deba a la sólida base de la cultura indígena, representada en este caso por su cerámica prehispánica, a la dinámica producción artesanal desarrollada por el religioso Vasco de Quiroga durante la Colonia, que dejó profunda huella en su quehacer cerámico, y la presencia de las nuevas técnicas en al menos dos comunidades. Son muchas las poblaciones dedicadas a la cerámica, sin embargo hay que destacar la producción de los pueblos que rodean al lago de Pátzcuaro.
Patamban es probablemente el centro alfarero más importante del Estado. Allí se identifican cuatro variantes en su cerámica: la alfarería pulida de una cochura, que se constituye básicamente por cántaros globulares para el agua. La loza “corriente”, vidriada por dentro hasta el borde exterior del cuello, en la que destacan cazuelas y ollas de diversas formas y tamaños. La loza fina o de “calidad”, vidriada por dentro y por fuera; su barro es muy fino y se le conoce como “cambray” o “cáscara de huevo” por sus delgadas paredes. Son famosos sus jarros atoleros que se hacen también en miniatura, cántaros, ollas, charolas de diversas formas, platos, juegos de café, de te y vajillas vidriadas en café y en verde. La decoración es sumamente fina con motivos florales, frutales y de diversos animales, básicamente cisnes y otras aves.
La cuarta variante es la cerámica llamada “especial”, de tipo decorativo vidriada en verde o excepcionalmente en amarillo y en el color natural del barro. En esta modalidad se producen las hermosas “piñas”, ollas decorativas con aplicaciones de hojas de molde en todo el cuerpo de las piezas, vidriadas en verde y generalmente rematadas con una tapa profusamente decorada en bulto, en forma de corona. Finalmente las llamadas “torres”, conjuntos de hasta diez ollas que se colocan una sobre otra, desde la más grande hasta la más pequeña, formando una sola pieza de gran espectacularidad que alcanza a medir hasta 1.5 metros de altura. Las hay en dos variantes: vidriadas en verde o bruñidas en rojo oscuro y decoradas en negro. En San José de Gracia también se hacen “piñas” al estilo de las de Patamban, pero en menor escala, aunque con mucha calidad.
En Tzintzuntzan se trabaja una gran variedad de estilos, formas y decoración, pero destaca la cerámica vidriada que se presenta también con sus variantes. Una de las más tradicionales es la loza denominada “fritada” -esmaltada con una frita preparada por los propios artesanos, ver detalles técnicos en capítulo “Introducción a la cerámica”-. Se producen objetos utilitarios como platones, platos, cajetes, soperas, jarros, etc., pero también se hacen piezas modeladas a mano como vírgenes de la Salud, candeleros con querubines, Nacimientos, etc. Las piezas tienen generalmente fondo de color marfil y una decoración a pincel con delicadas líneas de color café oscuro o negro, y los más diversos motivos: pescadores, pescados, aves, guías de hojas y plantas, así como un recurso de discreto punteado en los bordes. En otras ocasiones se invierten los tonos, el fondo es oscuro y el dibujo color crema, casi blanco.
Otra cerámica también engretada –es decir que tiene una capa de esmalte-, pero con fondo verde y el dibujo en café oscuro casi negro, se elabora en la misma población: vajillas, platones, ollas y hasta macetas. También se produce cerámica bruñida, con formas variadas, unas con reminiscencias de vasijas prehispánicas como el patojo -o vasija con forma de zapato y boca lateral-, y otras con formas hispánicas como los botijos. Todas ellas decoradas con tierras rojas en grecas y líneas de influencia prehispánica.
Pero en Tzintzuntzan también se trabaja la cerámica de alta temperatura: vajillas con una combinación de esmaltes de colores café y gris, y una fina decoración de aves y motivos fitomorfos de influencia oriental.
En Santa Fe de la Laguna, otra de las comunidades alfareras de la región, destaca la cerámica vidriada, una de las más brillantes de la República. Se elaboran ollas, jarras, unas hermosas poncheras –ollas con tapa y tazas colgando alrededor para preparar el ponche- y enseres menores. Existe otra producción exclusiva para la celebración de los días de muertos. Se trata de candeleros y candelabros en oscuros tonos de azul y en negro, profusamente adornados con flores y guías fitomorfas de molde, así como incensarios también con aplicaciones de molde pero calados en la parte superior.
En Ocumicho, población indígena purépecha, existe una larga tradición para elaborar juguetes de barro, silbatos y alcancías con formas de patos, caballos, figuras humanas, etc., que antiguamente se policromaban con anilinas y se barnizaban con aguacola, pero que con el tiempo evolucionaron hacia los esmaltes industriales. Cambió también el motivo de la creación, pues hace unos cuarenta años, el trabajo de un solo artesano, Marcelino Vicente, revolucionó el quehacer artesanal del pueblo, por lo que se comenzaron a producir, atendiendo a una gran demanda, diablos en todas sus formas, en el infierno, con animales carroñeros, con la muerte y cientos de formas más.
Posteriormente, el trabajo de las alfareras de Ocumicho se fue adecuando a los ciclos del calendario litúrgico, por lo que además de los juguetes, se comenzaron a elaborar los siguientes temas: para diciembre ermitaños en su cueva, Nacimientos y pastorelas; en febrero figuras de carnaval con negritos; en Semana Santa diablos personificando a los apóstoles de la Última Cena, Jesús en la Cruz, etc.; el 29 de junio, día de la fiesta patronal de los santos Pedro y Pablo, aparecen moros a caballo y danzantes de moros y cristianos; para los días de difuntos, muertos en sus tumbas o en féretros. Se elaboran además figuras zoomorfas, monstruosas y diabólicas con vivos colores y una combinación aparentemente contradictoria entre lo cruento y lo ingenuo. La técnica empleada es el barro modelado a mano, lo que permite afirmar que ninguna pieza es igual a otra; se decoran con esmaltes industriales.
En Huáncito, otro pueblo de la zona lacustre, se elabora loza vidriada de tipo utilitario, pero destacan de manera sobresaliente sus cántaros hechos en molde con una gran asa en la parte superior y con figuras zoomorfas por cuya boca se vierte el agua. La forma más común es la de patos, pero se hacen también venados, caballos, etc., en barro bruñido de una cochura con engobe rojo y decoración blanca o negra, o los dos colores combinados, con abigarradas formas que sólo trabajan los hombres de la comunidad. También se producen cántaros esféricos con una pequeña boca cuyo principal valor es la decoración blanca sobre el engobe rojo, a base de listones, flores, pero sobre todo venados en mil formas.
Capula es una comunidad ubicada entre Morelia y Quiroga, en donde se ha desarrollado durante los últimos treinta años, una de las más finas manifestaciones de la cerámica michoacana: el barro “punteado”, cuyo peculiar estilo consiste en fondear la superficie de cada pieza a base de pequeños puntos con los que también se rellenan los cuerpos de las figuras de decoración. Se elabora todo tipo de piezas de uso cotidiano: vajillas, ollas, jarros y todo tipo de platones. Los motivos más comunes de la decoración son peces en cientos de formas, verticales, horizontales, saltando, en fin un sinnúmero de recursos plásticos al servicio de la cerámica. Por su calidad y creatividad estas piezas han ganado los más importantes concursos locales y nacionales de cerámica. En la misma población también se producen vajillas de cerámica de alta temperatura que buscan conservar el estilo de la decoración a base del punteado pero sin la calidad del barro rojo.
En Cocucho, comunidad cercana a Paracho, el centro productor de guitarras, se elaboran enormes tinajas levantadas a mano, sin torno, de gruesas paredes, que llegan a medir hasta metro y medio. Son de una cochura y un engobe rojo quemado, que tienen eventualmente una discreta decoración en asas y aplicaciones de cabezas de animales. También engobados y de una cochura son los cántaros elaborados en Zipiajo.
Finalmente hemos de mencionar a Zinapécuaro, población al sur del Estado que produce una gran cantidad de macetas vidriadas y chorreadas al natural y en colores destacando los verdes, amarillos y azules. Es notorio su trabajo de bajorrelieve con aplicaciones de molde en forma de hojas y flores.
COLIMA
En la región del Valle, particularmente la capital del Estado, se elabora alfarería vidriada tradicional para uso doméstico, así como reproducciones prehispánicas bruñidas con engobes rojos, de las Culturas de Occidente, básicamente figuras zoomorfas.
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